Manos-tijeras.
lunes, 23 de agosto de 2010
Dah!
sábado, 24 de julio de 2010
Capitulo diez: Primer caida.
~ Una buena frase para la ocasión: “La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos.”-Alejandra Pizarnik. ~
Jesucristo cayó tres veces antes de que lo crucificaran. Si yo creyera en él, si tuviera seguridad de que en verdad existió, posiblemente le pediría ayuda. Mi cuarto, ahora me parecía extremadamente pequeño o yo extremadamente grande; no había diferencia.
Hacía calor, no era el clima. Podía estar segura de eso, el calor era solo mío. Posiblemente se fugaba y al irse se despedía alzándose por última vez con todas sus fuerzas y por eso ardía. Silencio. La voz apagada de un grito que nunca salió de mi boca. No tenía miedo, aunque decir que no había un poco de temor en mí sería una reverenda mentira.
Las orillas de mi visión se volvían oscuras. Como si hubiera recibido un golpe, como si hubiera caído del techo de la casa. Una voz repetía sin cesar el nombre de mi hermano. Tardé lo que a mí me pareció una eternidad, para darme cuenta, que era mi propia voz la que repetía, en susurros apenas audibles: “Zacarías”
Mi habitación lucía desordenada. No por ropa, no por suciedad. Era como si algo hubiera cambiado ahí. Ni mis muebles, ni mis cosas. Posiblemente era yo. Si, era yo quien no encajaba aquí. No es mi cuarto. Es el cuarto de papá. Su cama, sus libros, incluso su olor llenaban la habitación. Aquí era la habitación de papá.
Quise moverme y buscar a Zacarías, pero no pude. Ningún musculo se movió frente a mi esfuerzo. Intente hablar, mis labios estaban fríos y húmedos, también salados. Las sabanas que me cubrían estaban pegajosas, llenas de sudor; igualmente mi ropa, mi cabello se pegaba a la nuca y sentía frio. La habitación entera estaba helada. El calor solo era mío y se estaba marchando tan rápido que ahora sentía frio.
No veía más allá de mis parpados. Solo el incansable ruido de una silla de mecer… La que se sentaba mi papá. Sentí tristeza y lloré. Mis labios se volvieron a mojar, ya entendía porque estaban húmedos al menos. No sé cuánto tiempo lloré, pero fue silencioso. Los sollozos no llegaban siquiera a formar un sonido capaz de llegarme a mí misma. Más miedo. Creí que estaba enferma, que algo había pasado. Pensé en Zacarías, si estaba enferma él me estaría cuidando. Intente, te lo juro, intente voltear a la silla y no pude. Mi cuello pasó por dolor antes de poder inclinar siquiera un poco la cabeza para saber quien hacía ese interminable ruido. Pasos de un lado a otro. Paso, paso, paso, tos, paso, paso, paso, tos. De nuevo me recordó a papá y su enfermedad. Enfisema pulmonar, una mala compañera. Se la pasaba tosiendo toda la noche.
Se escuchaban los pasos, y como, de vez en vez tosía en lo bajo. No podía verlo, pero sabía que era papá. Poco a poco los sonidos se esclarecía, pero nunca la habitación. Me sentí débil. Me sentí incapaz de hablar, pero quería desesperadamente llamar la atención de papá. No escuchaba ningún sonido de mi voz y eso dolía. Dolía físicamente, enseguida descarté un sueño, el dolor era denso.
La desesperación pudo más que yo, pero no había ninguna forma de hacerlo notar, me sentía insignificante, no quería estar en la cama. Los pasos de papá se marcharon, se fueron haciendo tonos más tenues, más lejanos, más difíciles de escuchar; se fue. Quedé sola y de nuevo lloré, me sentí estúpida porque solo estaba llorando, sin hablar ni moverme. Calor y frío en un mismo cuerpo. Zacarías ¿Dónde estás? ¡Tú dijiste que no me dejarías sola! Papá había dicho lo mismo una vez y ahora no estaba. ¡¿También tú?!
Luz. Una luz artificial llenó la habitación entera, eso me dejaba ver mis ojos semi-cerrados. Luz dispersa y blanca, me dolieron los ojos y no pude moverlos. Escuchaba susurros temerosamente cercanos, repetitivos y cansados. Una luz parpadeante fuera del cuarto de papá. Si pudiera ponerme de pie iría hacía allá. Pero no podía.
De nuevo los pasos, se acercaban sin disimular el ruido que causaban, el sonido de los pasos de papá, estaba segura. Se puso a un lado de mí, o eso creo. Su gran mano se posó en mi frente y quise hablarle… Una vez más, ninguna palabra lograba salir de mi boca. Solo podía verle la cadera, un traje negro lo cubría. Se inclino y pude sentir un beso en la mejilla. Me sentí tan aliviada. Tan feliz aunque solo fuera por medio segundo, luego me di cuenta que no podía ser verdad. Nada encajaba con la realidad que era más dura y cruel, pero eso no evito que me sintiera feliz por poder sentir tan siquiera en sueños a papá.
-Hija, estás bien ¿Verdad? Sí, claro que lo estás. Eres la Kupfer más fuerte de todas…-Silencio. Su voz… Lastimaba el corazón, él estaba llorando y yo sin poder tocarlo.- Te amo Sahara. –Su voz era un hilo, si pudiera hablar, después de decir lo que dijo ya no podría. Él nunca decía eso. Escuchar su voz lastimera… Volví a llorar y sin poder hablar.
-Saldremos adelante ¿Sabes? No me dejarás solo ¿Verdad?- Está vez lo dijo en medio del llanto y se me rompió… No, nada de mí se rompió. Ya no era nada de lo que soy.- Tú… tú no te irás, si te vas no tendré nada. Seré nada.
Quería abrasarlo y besarlo, hace tanto tiempo que no lo hacía. De pronto cada palabra me parecía un castigo. La luz parpadeaba. Mi papá temblaba. Yo moría o así lo sentía. La habitación se desvanecía.
Sentí que mis ojos hervían. Mi cuerpo se volvía azul a causa del frio. Parece que papá se dio cuenta. Se escuchó agua cayendo sobre agua. El tintineo de lágrimas dulces, extraño, un poema extraño. Mi corazón se volvió cera y las lágrimas de papá fuego. Me puso una prensa de agua tibia en mi frente; tibia como el beso que me había dado. Me sentí un poco mejor, la cama era un vacio.
-No te Vayas Sahara. La mitad de mi desapareció, tú no puedes dejarme.- Papá, la voz tranquila de papá se rompía para decir eso y yo no lo entendía.
No sé cómo, logre abrir un pequeño agujero entre mis parpados. El rostro de papá solo reflejaba tristeza. El dolor puro en un rostro. No encontré palabras para describir su rostro, ni como se ilumino un poco al ver que lo había abierto.
-¡Sahara! Oh hija…- Se le cortó la voz. Por unos infinitos minutos estuvo llorando en mi pecho. Sin decir palabra, llorando para terminar con una pena que no sabía cuál era. Tenía ganas de decirle que estaba bien. Que yo estaba bien, solo un poco cansada, pero no pude hablar. Quise tocarlo, ponerle mi mano sobre su cabeza en modo de consuelo, no pude hacerlo. Solo lloró sobre mi pecho, largamente. Por un momento, cuando se fue calmando creí que se quedaría dormido. No quería que se separara, de alguna forma u otra me hacía sentir segura el estar tan cerca de él.
Mi padre empezó a acariciar mis mejillas, su piel era áspera y tibia, reconfortante poder volver a sentirla. No sonreía, pero sus ojos cafés oscuros seguían viéndose igual de profundos que siempre. Se veía mucho más viejo de lo que recordaba haberlo visto nunca, ojeroso y viejo.
Las orillas se veían aun más borrosas, me sentía pesada. Papá se sentó en la cama y empezó a tararear una canción… Czzardas. La tarareo entre quebrazones de voz. Altibajos y demás cosas, estaba destrozado y yo parecía paralitica… Impotencia. “Papá, ¡No llores! Estoy bien, solo un poco cansada, te juro que lo estoy. Dame tiempo y podré abrasarte” Nunca pude decir lo que quise decir, papá seguía hecho cenizas, pulverizado. A la realidad me había revelado y ahora pagaba las consecuencias, me sentía como cenizas frías en mis ojos. Un soplido del otoño y saldría volando para siempre.
Papá tarareaba sin parar, triste y cansino. Los ojos se me volvieron pesados de nuevos y la luz pastosa, espesa y sin poder entrar a unos ojos que no estaban abiertos del todo. Papá se dio cuenta.
-¿Sahara? ¡No te vayas! ¡No me dejes!- Pero era demasiado tarde, yo ya estaba despertando. Su voz era distante, cada vez más lejana.- ¡Sahara!- Me sacudía de los hombros, pero de nada sirvió.
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Desperté en mi habitación sudad y con lagrimas en los ojos, un grito mudo intento salir de mi boca; al igual que en el sueño, no pude hacerlo. Aquí me dio alegría, no quería despertar a Matilda y a la señora Sofía en su primer día de estancia, tal vez les haría creer que estaba mal y me mandarían con un psicólogo o algo así. No quería. Miré el reloj: Las Cuatro con cincuenta y ocho. Aun era muy temprano, pero mi hermano estaba sentado a los pies de la cama. Tenía un psp en las manos y unos auriculares que hasta yo escuchaba los sonidos del juego. Estaba quieto y parecía ignorarme completamente. Su cabello despeinado le daba una imagen de estar perdido de la razón que normalmente lo caracterizaba. Mi voz, por el susto, no sonaba adormilada. Me seque rápidamente las lágrimas antes de que volteara y le hablé.
-¿Qué estás haciendo en el cuarto de una señorita a estas horas y sin su permiso?-Intente sonar lo más alegre que pude.
-¿Señorita? Aun no llegas a los quince, eres una niña todavía.- Su voz sonaba divertida. Mientras hablaba apagaba el psp.
-No, ya en serio ¿Pasa algo Zacarías?-Me di cuenta que mi voz sonaba más baja de lo que hubiera deseado.
Zacarías se puso muy serio. Después dijo.
-Te escuche llorando, cuando llegué vi que estabas dormida. Vine para cuando despertaras no asustaras a las nuevas inquilinas, lo siento si te asusté.- Su cara parecía una disculpa.
-Tuve una pesadilla, eso es todo.- No podía quitarle importancia al asunto, pero lo intente.
-Una pesadilla con papá, al parecer nada bueno. El atrapa sueños no sirve al parecer.-Dijo mientras se acercaba a mí y se sentaba en la cama.
-Vi a papá muy triste, eso es todo.
-Venga Elide, es normal extrañar a papá. Yo también lo extraño y pienso en él todas las noches. Pero no podemos estar siempre tristes. A papá no le gustaría.-Silencio.- Ven.
Después de decir eso me dio un abrazo con mucha fuerza y me susurro al oído: “No te diré que todo está bien, porque no lo está. No te diré que todo estará bien, porque no lo sé. Pero si te diré que estaré aquí mientras pueda. ¿Si, Elide?”
No pude no soltar unas lágrimas en sus hombros, le regresé el abrazo con todas mis fuerzas y se separó de mí antes de darles las gracias.
-Bien, ahora a dormir. Y yo… Debo matar a unos cuantos malos antes de poder conciliar el sueño.- Esto último lo dijo mostrándome el psp y dándome una de esas sonrisas que tanto me gustan.
Se dio la medía vuelta, hacía la puerta.
-Buenas noches Zacarías.
-Buenas noches Elide. Duerme bien.
Al atravesar la puerta me paré y me puse cerca para poder escuchar. Escuché lo que me pareció un sollozo, ojala estuviera imaginando. Luego la voz de la señora Sofía.
-Elide ¿Está bien?- Apenas y era audible, pero sonaba preocupada de verdad.
-Si señora, Elide está bien. Tuvo una pesadilla con papá, eso es todo.
-Temo que no me acepte ¿Sabes? Tú me conociste de niño y por eso no me sorprende ser bienvenida en la casa… Pero ¿Y ella?
-No le puedo asegurar nada señora Sofía, si ella se siente cómoda con usted entonces no habrá ningún problema.- Sonaba honesto, pues decía la verdad.- Ahora, me debo ir a dormir, mañana saldré temprano. Buenas noches.
-Es por el trabajo ¿Verdad?- ¿Cómo lo supo?
-Si señora, ¿Me podría decir cómo lo supo?- Pero mi hermano sonaba tan tranquilo como siempre.
-Soy amiga del jefe, si quieres puedo conseguir que te admitan de nuevo. –Eso seguramente dañó el orgullo de mi hermano.
-No, gracias señora. Pero prefiero dejar ese trabajo, ya leerá usted la columna sobre mi papá, se dará cuenta porque me despidieron. Buenas noches.- Y se fue igual de tranquilo que cuando comenzó la conversación.
Escuché como se iba, de pronto la señora Sofía abrió la puerta y me encontró pegada a ella. Me asuste terriblemente, incluso di un saltito, la señora me había encontrado husmeando. Pero, para mi sorpresa solo soltó una media sonrisa y se fue. Al estar un poco lejos alcance a oír algo así como: “La curiosidad nata de un buen Kupfer.”
Una presentación "No-friki"